El partido ya había terminado. El gol en contra había caído en el último minuto por la decisión del juez: “penal para el...” otra vez. En la sala, el papá apagó la tele sin decir palabra, mientras el niño seguía con la camiseta de la Máquina Celeste del Cruz Azul puesta y la mirada fija en la pantalla negra.
Nadie gritó ni se quejó. Solo se oscureció un poco la sala y a lo lejos el festejo de otra casa. Otro juego, otra jornada y el silencio.
Minutos después, el papá volvió con dos platos para cenar y le dijo al pequeño: “la siguiente jornada es de local. Ya sabes que ahí pesa porque nosotros pintamos de azul ese estadio”. El niño dijo que sí con la cabeza. Esa noche no hubo festejo, pero sí algo que nunca se movió: la pasión y apoyo por La Máquina.
Quedarse aunque nadie vea: así es ser Máquina
Quedarse es no cambiar de canal cuando el marcador no va favor. Es ver el partido completito, aunque en la casa haya tensión, silencio y uno que otro: “che arbitro parece que está comprado el güey”.
Quedarse y estar es ponerse la camiseta al día siguiente del partido sin importan el resultado, no por superstición o promesa, sino porque así toca. Es mostrar que sin importar el marcador sigues siendo Máquina.
También es volver al estadio, aunque hayas dicho que no nunca más ibas a regresar. Caminar entre puestos con bufandas, costalitos y banderas, pedir lo mismo para bajonear en el mismo lugar de siempre y guardar el boleto en la cartera como si fuera una imagen religiosa.
No hace falta decir nada: el que se queda, ya sabe por qué lo hace.

La Ford Bronco
Aún no amanece y la calle sigue húmeda por la lluvia de ayer. A lo lejos se escucha un motor encenderse; se oye su rugido Es una Bronco Ford. En la cajuela hay herramientas, una chamarra vieja, una bandera y una bufanda.
No lleva luces llamativas ni bocinas ruidosas. Solo la intención de cruzar el día y llegar a su destino. Gira en una esquina, atraviesa un charco y sigue su camino. No hay destino claro, pero hay dirección.
Es una máquina que anda en ciudad y en el campo sin detenerse. Porque hay máquinas que saben cuándo acelerar y cuándo simplemente aguantar.
Un ADN compartido
Ambas conocen y saben andar por caminos difíciles. La Bronco no para en el terreno complicado. La Máquina Celeste viene de una historia llena de cuestas, curvas y tramos complicados que ha superado sin dejar de acelerar.
Los dos cargan y resisten. La Máquina tiene todo el peso de su afición sobre ella y sigue dándolo todo; la Bronco anda por los caminos y pasa por ellos sin miedo a atascarse. Ambas Máquinas siguen, aunque haya o no testigos y aunque todo diga que es mejor bajarse aquí. Las dos avanzan y superan los obstáculos que se interpongan.
Máquina reconoce Máquina. Se miran y entienden sin necesidad de explicaciones.
Esto está por empezar: Cruz Azul e identidad
Alguien la va a ver estacionada afuera de su casa. La va a llevar a su trabajo. Va a poner la mano sobre el volante como si la conociera desde hace mucho. En la cajuela llevará su bandera, su bufanda y su chamarra del equipo.
Muy pronto, esta Ford Bronco México acompañará alguien que nunca abandona y no cambia de rumbo. Se irá con esa persona que siempre se quedó.




