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En muchos hogares mexicanos, el dinero alcanza para muchas cosas menos para hablarse.

“De dinero no se habla en la mesa” no es solo una frase conocida. Es una forma de entender la vida financiera donde el ingreso, el gasto o la deuda existen, pero se mantienen fuera del diálogo cotidiano. Como si nombrarlos pudiera romper algo.

El resultado es una dinámica donde el dinero se administra como se puede, pero rara vez se entiende en colectivo. Y ahí se empieza a repetir la misma historia.

Lo que no se habla también se aprende

Cuando el dinero no se conversa, tampoco se transmite. En México, solo una de cada cuatro personas elabora un presupuesto y apenas el 53% lleva algún control de sus gastos.

No es solo falta de información. Es también la ausencia de hábitos que difícilmente se forman si nunca fueron parte de la conversación en casa.

Pero pensar que todo se resuelve con educación financiera por parte de las entidades financieras es quedarse corto.

Hablar de dinero no cambia por sí solo condiciones como ingresos limitados, informalidad o acceso desigual a productos financieros. Aunque sí cambia algo importante: cómo decides con lo poco, con lo justo o con lo que hay.

La familia como primer sistema financiero

Antes que cualquier app, banco o política pública, está la casa.

Distintos estudios muestran que quienes crecen en entornos donde se habla de gastos, ahorro y planeación desarrollan una mejor comprensión financiera. No necesariamente porque tengan más recursos, sino porque tienen más claridad.

La diferencia no siempre está en cuánto hay, sino en qué tanto se entiende. Por eso, incorporar conversaciones sobre dinero en la vida cotidiana —sin tecnicismos, sin tabú— puede ser tan relevante como cualquier iniciativa formal.

Donde empieza a cambiar la conversación

La Generación Z creció en un entorno donde lo financiero ya es digital por defecto. Puede transferir, pagar o invertir desde el celular. Pero eso no significa que entienda lo que está moviendo.

A nivel global, su ratio gasto/ahorro es de 1.93, lo que indica que consumen casi el doble de lo que ahorran. Al mismo tiempo, muchos están empezando a ajustar hábitos: reducir gastos, priorizar decisiones, buscar mayor control.

El acceso está ahí. La información también. Lo que sigue siendo irregular es la formación.

Empezar antes también cambia la relación

En México, las personas menores de edad pueden acceder a instrumentos como cuentas de depósito, Afore para niños o Cetes. Sin embargo, su uso sigue siendo mínimo: en 2023, apenas el 0.2% tenía una cuenta de Afore y el 0.8% un contrato de Cetes.

El problema no es la falta de opciones. Es que pocas veces forman parte de la vida diaria.

Acercar estas herramientas desde edades tempranas no garantiza mejores decisiones, pero sí reduce la distancia entre el sistema financiero y la experiencia personal.

Donde el dinero deja de ser abstracto

Cuando niñas, niños y jóvenes pueden interactuar con su dinero —verlo, moverlo, entenderlo—, la conversación deja de ser abstracta y se vuelve concreta.

En ese contexto, iniciativas como Mi Cuenta Junior de Bankaool buscan algo más que abrir una cuenta. Buscan acompañar ese primer contacto con el dinero desde un lugar más claro y cercano.

No se trata solo de ahorrar, sino de dejar de ver el dinero como algo ajeno:

• entender cómo se mueve

• tomar decisiones pequeñas

• construir criterio desde temprano

Porque aprender de dinero no empieza cuando hay ingresos propios. Empieza mucho antes.

Lo que cambia cuando el dinero sí se habla

Global Money Week pone el tema sobre la mesa cada año. Pero la conversación real ocurre en otros espacios. En la casa. En lo cotidiano. En lo que se dice y en lo que se evita.

Romper el silencio financiero no va a resolver todo. Pero sí cambia cómo se enfrentan las decisiones. Porque cuando el dinero se empieza a hablar, también se empieza a entender. Y eso cambia mucho más que una cuenta.

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