Irle a la Máquina cementera no es solo un rato de noventa minutos. Irle se vive en el día a día de quienes madrugan y van escuchando resúmenes y estadísticas en redes; en llevar la camiseta, aunque no haya partido; y en quienes se saben el calendario del torneo mejor que el de su propio trabajo.
Porque están los que le van a un equipo y quienes, sin decirlo mucho, viven a toda Máquina antes y después del partido. No hace falta gritarlo: basta ver cómo se mueven por la vida con esa mezcla de aguante, orgullo y fidelidad que los cementeros entienden.
El orgullo cementero es una forma de ser y vivir
Ser parte de la Máquina cementera se nota sin decirlo. A veces está en el llavero que cuelga de las llaves, en el termo azul que va en la mochila y en la calcomanía del escudo que va en la parte trasera del auto.
El orgullo cementero no siempre se grita, pero siempre se cuela en la forma de hablar, en una broma, en cómo se responde con una sonrisa después de hablar de futbol. Es una forma de estar y ser incluso cuando hay adversidades.
Más que lealtad forzada, es una costumbre emocional: una compañía. El equipo juega en la cancha, sí, pero su presencia motiva hasta la vida cotidiana de los celestes. Y ahí está la afición: siempre visible y presente.

Historias de la afición cementera
La pasión cementera no termina con el silbatazo final. Está en las calles, en la chamba y hasta los hogares. Miles de historias de aficionados demuestran lo que significa vivir a toda Máquina sin necesidad de reflectores o de traer puesta la camiseta.
Y hoy recordamos a esos héroes anónimos, arquetipos de la afición, que viven el espíritu cementero a su manera:
El cementero que no se raja en el jale
Está ese fan que escucha el partido mientras chambea de Uber, de obrero o godín. Existe la trabajadora que lleva su jersey abajo de la ropa para que saliendo del jale se quite el abrigo y vaya al ver el partido con sus cuates.
También está el comerciante que ve la transmisión del partido en su teléfono y que si no encuentra donde lo pasen checa a cada rato cómo va el marcador.
Todos ellos abajo de su ropa llevan los colores de La Máquina impregnados en la piel. Porque el jale por mucho que cueste, hay que sacarlo y sin flaquear ni agüitarse. Quizá la jordana fue exhaustiva, pero todos salen con la confianza de que dejaron toda su entrega.
El celeste que emprendió y triunfó
También existe el y la celeste que triunfaron siguiendo el sueño de ser sus propios jefes. La celeste influencer que se hizo viral por su amor y apoyo incodicional al equipo; el celeste emprendedor que vende merch de Cruz Azul afuera del estadio; y la celeste emprendedora que puso su fondita y siempre tiene partidos de fut.
Entre los celestes que prenden la tele en su fondita justo antes del silbatazo, los que acomodan su puesto de camisetas en la reja del estadio desde temprano, quien hace envíos de merch desde su casa y el que en redes comparte cada jornada con humor y devoción está la esencia de ser celestes.
Los que viven todos los días a toda Máquina
Por último, están quienes van al ritmo de la Máquina cementera todos los días. Que literalmente viven, trabajan y ganan gracias a Cruz Azul. Su trabajo y su equipo están tan entrelazados que no se sabe dónde empieza uno y termina el otro.
Como ejemplo tenemos, al entrenador de fuerzas básicas que entre gritos de “¡al toque!” y “en corto tócala” carga con el sueño de ver a uno de sus chavos llegar al primer equipo. O el empleado que trabaja para el club y que cada vez que ve el logo del Azul en un correo, se le escapa una sonrisa.
No lo dicen, pero lo sienten: cuando se trabaja cerca del equipo que amas, se vive con la camiseta puesta incluso sin uniforme.

La pasión por Cruz Azul se vive a toda Máquina
La conexión con la Máquina cementera no se va cuando acaba el partido ni cuando termina la temporada. Sigue ahí en las pláticas en la banqueta, en la transmisión del partido o de un resumen en una radio vieja, en la plática en el camión entre desconocidos que hablan del penal que no fue. Está en la camiseta colgada detrás de la puerta, en la taza de Cruz Azul de las mañanas y hasta en el grupo de WhatsApp donde no dejan de llegar memes.
Vivir a toda Máquina es una rutina que se ve en las costumbres chiquitas que ya son parte del día a día. Sin necesidad de explicarlas porque son algo aprendido y que siempre seguirá ahí.




